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En Cuba, la expresión "negar el pan y la sal" ha dejado de ser una metáfora para convertirse en una realidad cotidiana.
La escasez de alimentos ha llegado a niveles extremos, y productos tan básicos como el pan y la sal han desaparecido de la mesa de millones de cubanos, sometidos a un sistema que no solo les arrebata el sustento, sino también sus derechos fundamentales.
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Durante décadas, la libreta de abastecimiento ha sido el símbolo del control estatal sobre la alimentación de la población. Lo que alguna vez fue presentado como un mecanismo de garantía alimentaria, hoy es un reflejo de la miseria y la insuficiencia.
Los cubanos ya no reciben ni siquiera los mínimos establecidos por el propio gobierno: la escasez de pan es constante y la distribución de sal ha estado paralizada por meses en varias provincias. La situación se ha vuelto tan crítica que muchos recurren al mercado negro para conseguir alimentos a precios desorbitados.
El racionamiento y la escasez no son problemas nuevos en Cuba, pero la actual crisis ha llevado a niveles alarmantes la precariedad en la alimentación.
En Artemisa, casi medio millón de personas llevan tres meses sin recibir sal a través de la canasta básica. El pan, cuando aparece, es escaso, de mala calidad y con porciones cada vez más reducidas.
En La Habana, Santiago de Cuba y otras ciudades, los reportes de panaderías sin harina se han vuelto constantes, y las largas colas por un simple pan marcan la rutina diaria de miles de familias.
Sin embargo, la escasez de pan y sal en Cuba trasciende lo alimentario y se convierte en un reflejo de la negación de derechos más profundos.
El régimen no solo restringe el acceso a bienes básicos, sino también a la información, a la libertad de expresión y al derecho a una vida digna. Mientras el gobierno culpa al embargo estadounidense de todos los males, la realidad es que la ineficiencia, la corrupción y la falta de voluntad política para cambiar el modelo económico han llevado al país al colapso.
Negar el pan y la sal a un pueblo es negarle también la justicia y la libertad. La crisis alimentaria en Cuba es solo un símbolo más del profundo deterioro de un sistema que ha fracasado en su promesa de bienestar. Mientras el gobierno se mantiene en su discurso de resistencia y sacrificio, los cubanos siguen enfrentando una realidad marcada por la escasez, la desesperanza y la represión.
En un país donde ni siquiera se puede garantizar algo tan elemental como el pan de cada día, queda claro que el problema no es la falta de recursos, sino el control absoluto de un régimen que ha convertido la miseria en política de Estado. Y ante esa realidad, la pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo seguirán los cubanos soportando que se les niegue no solo el pan y la sal, sino también la posibilidad de decidir su propio destino?
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