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Café comentado… una tradición muy cubana

Basta hacer una colada en cualquier barrio de Cuba para que los vecinos sientan el inconfundible aroma, y cual si fuera una alarma, aparezcan todos para iniciar así una de las más hermosas tradiciones cubanas: el café comentado.

Cubanas hablando a la hora del café © CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez
Cubanas hablando a la hora del café Foto © CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

Este artículo es de hace 4 años

No hay nada más chismoso en Cuba que el café, incluso cuando escasea, tampoco una invitación que sea más agradecida.

Nadie puede esconder su olor cuando es polvo y, menos, cuando es convertido en humeante bebida. Su aroma es delicioso y seductor, difícilmente puede ser descrito, tampoco el efecto eufórico e irracional que produce en las personas.

Siempre delata a cualquiera que lo lleve en un bolso, así esté escondido en lo más recóndito de la jaba, envuelto en papeles o bolsas plásticas, o incluso en un pomo cerrado herméticamente: es, sencillamente, seducción convertida en polvo negro o bebida amarga.

Cafetera colando. Foto: CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

Resulta que el café en Cuba no es solo agricultura o procesamiento industrial, tampoco se resume en un néctar negro o en historia de emigraciones francesas: es una cultura de gran arraigo porque vive al interior del hogar y la familia, acervo inmaterial que se traspasa de persona a persona, de padres a hijos cuando a los más pequeños de la casa se les enseña a tomar la aromática bebida, primero claro y con pan, luego en otras formas de preparación, especialmente con leche en las mañanas.

Basta hacer una colada en cualquier barrio de Cuba, desde el más elitista hasta el de cultura popular más desbordada y exuberante, para que los vecinos sientan el inconfundible aroma, y cual si fuera una alarma o una trifulca callejera, aparezcan todos, uno a uno o en grupos, para iniciar así una de las más hermosas tradiciones cubanas: el café comentado.

Una taza de café. Foto: CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

Quien llega a casa de un vecino, amigo o familiar, a la hora del café, difícilmente necesita expresar una excusa para justificar su presencia. Todos saben que la visita es para degustar la bebida.

Es así como se inicia, con la llegada de un vecino o un amigo a la casa, una de las más hermosas tradiciones cubanas. Le sigue la siempre cálida invitación de “¿quieres un buchito de café?”. A lo cual se asiente habitualmente con una sonrisa. Usted llega a cualquier hogar de Cuba y siempre, antes de que le ofrezcan agua, le ponen en la mano una taza o un vaso con la humeante bebida.

El café es motivo para comentar entre los cubanos. Foto: CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

“Hay que sentarse para tomar el café, porque los planes se hacen agua si te quedas parado cuando lo tomas”, afirma una abuela, una de esas que adoran mojarles los labios a los nietos con la aromática bebida y también preparar el sabroso néctar a las tres de la tarde, “porque es el momento en que más se agradece, entre el sueñito que viene después del almuerzo y la tarde noche”.

El trago de café de la mañana es el de desayunar. Puede o no acompañar la leche. Pero no es el que más se comenta, el que más motiva el intercambio. Suele ser más íntimo, más familiar. Sin embargo, el de las tres de la tarde, o en el horario vespertino, por regla general es el que se comparte. Por tanto, es más público, de mayor conversación.

Preparando el café. Foto: CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

Con la bebida comentada de la tarde se abre el maravilloso mundo de la plática entre cubanos, un hermoso fragmento de cotidianidad que empieza con los sucesos del día, en el trabajo, el barrio o la escuela de los muchachos, pero en el que necesariamente tiene que haber cabida para los chismes. El café comentado no es nada sin esos chismes.

Se dice en el oriente de Cuba que sin ron, la trova se traba. Yo diría que no hay café comentado sin chisme. Basta sentir el aroma del néctar negro de los dioses de todos los colores, para que la lengua se afloje y comiencen a fluir todas esas anécdotas que tienen por objetivo la vida de los demás.

Una cafetera. Foto: CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

Pero el café comentado jamás tiene escenario fijo, si algo tiene el cubano es que no necesita un lugar específico para conversar y degustar el sabroso néctar, son dos cosas que hacen casi hasta por gusto y en cualquier espacio que tengan a la mano.

Más que sitio, son momentos en el día los que de alguna manera influyen en los hábitos de beber ese aromático brebaje, aunque tampoco es que sea determinante, pues entre un cubano y el café, solo media el deseo.

Sirviendo café. Foto: CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

No obstante, hay quien prefiere el acogedor ambiente de su hogar para "sabrosear" el café, o la casa de un amigo. Patios, balcones, la sala o la cocina, de alguna forma son los rincones preferidos entre quienes gustan acompañar el brebaje con conversación, o acaso al revés, la buena plática con la humeante bebida.

Otros son más de salir a la calle y beber café en su cafetería preferida, de pie o sentado, pero siempre se agradece más si está uno acompañado de un amigo.

Café listo para degustar y compartir una buena plática. Foto: CiberCuba / José Roberto Loo Vázquez

Para hacer limpiar un archivo, cargar cajas o hacer la limpieza de un área en un centro laboral, quizás sea difícil encontrar compañía. Pero basta que uno diga "voy a tomar café", que se alzan las manos y sobra a quién escoger: las pausas en la jornada de trabajo como mejor se hacen son con la aromática bebida y una buena conversación, y entonces un minuto se convierte en 10.

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José Roberto Loo Vázquez

Periodista de graduación, y fotógrafo de pasión, dos historias que se entremezclan y atrevidamente me hacen llamarme fotoreportero. Si sumamos mi amor, por la ciudad de Santiago de Cuba, no es difícil entender mi preferencia: fotoreportero que gusta resaltar su urbe natal, la “tierra caliente”.


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José Roberto Loo Vázquez

Periodista de graduación, y fotógrafo de pasión, dos historias que se entremezclan y atrevidamente me hacen llamarme fotoreportero. Si sumamos mi amor, por la ciudad de Santiago de Cuba, no es difícil entender mi preferencia: fotoreportero que gusta resaltar su urbe natal, la “tierra caliente”.

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